PDG (Capítulo 1: El concepto de riqueza)

Tres son las acepciones que recoge el diccionario de la Real Academia Española para «riqueza»: 1. Abundancia de bienes y cosas preciosas; 2. Abundancia de cualidades o atributos excelentes; 3. Abundancia relativa de cualquier cosa.

De las tres, la que se destaca es la primera, relacionada con objetos físicos, y sin embargo, la verdaderamente crucial es la segunda, pues el único medio para generar riqueza material es una cualidad inmaterial: la inteligencia.

Prueba innegable de ello es que los recursos disponibles en la Tierra son idénticos tanto para los seres humanos del Paleolítico como para los del siglo XXI y, en cambio, el nivel de riqueza de unos y otros no es comparable en absoluto. La abundancia de bienes y cosas preciosas para un hombre prehistórico se reduciría a cuevas y abrigos que le pudieran dar cobijo, fuego, piedras con las que construir y utilizar herramientas y armas, además de zonas de caza y recolección. Desde la perspectiva de desarrollo actual, se podría decir que vivían en la más completa miseria.

Pero lo crucial es que, desde el mismo momento en el que aquel ser humano primitivo comprendió que, a través de la aplicación de su inteligencia, podía manipular y transformar los recursos en su propio beneficio, surgió también la capacidad de generar una mayor riqueza. Gracias a ello, sus descendientes descubrieron posteriormente la agricultura, la ganadería, la escritura, la numeración, la medición del tiempo, la alfarería, la metalurgia, el papel, la moneda, la rueda, la brújula, la óptica, la imprenta, las ciencias, la pólvora, la industria, la máquina de vapor, aparatos eléctricos y una larga lista de hitos que supusieron, todos y cada uno de ellos, una mayor abundancia de bienes y cosas preciosas que, a su vez, no existían antes de que el ser humano las creara.

No obstante, la inteligencia es sólo una de las dos propiedades más valiosas que posee el ser humano, pero sin la segunda, la cooperación, no hubiera sido posible llegar hasta nuestra época actual; un solo individuo estaría abocado a la extinción. En primer lugar, por lo evidente: no podría reproducirse; se requiere del sexo opuesto para que la especie se perpetúe. Esta es la forma de cooperación más antigua existente, pero aunque situáramos a una pareja en vez de a un individuo, las probabilidades de supervivencia seguirían siendo todavía escasas. Son muchos los peligros: depredadores, enfermedades, accidentes, cataclismos naturales…

Es obvio que las probabilidades solo aumentan si se incrementa el número de personas que cooperan entre sí. El ser humano ha necesitado desde el inicio ser gregario y sociable; depende de ello para subsistir. No obstante, esta necesidad dio lugar a dos hechos diferentes pero relacionados entre sí.

Por una parte, la cooperación entre individuos permitió que se produjera otro hito esencial para la generación de riqueza: el reparto y especialización de tareas. Cuanto más grande fuera el grupo, mayor sería la cantidad de recursos que podría gestionar, facilitando al mismo tiempo que sus integrantes pudieran enfocar su inteligencia a un sector en concreto y, de este modo, propiciar innovaciones que repercutirían en el progreso de todo el conjunto.

Fue por ello que el ser humano dejó de ser nómada para convertirse en sedentario, fundando poblados, ciudades, estados, países, civilizaciones, imperios, creciendo en dimensiones los grupos al igual que la especialización y capacidad para alcanzar mayores cotas de abundancia.

Por otra parte, con la cooperación surgió también otro aspecto clave: la competitividad. La formación de grupos diferenciados permitió la existencia de una gran variedad de sistemas de organización y de avances tecnológicos, ensayando cada uno de ellos distintas fórmulas, evolucionando y entremezclándose unas con otras en función de su eficacia para generar más riqueza. De igual modo sucedió con los individuos dentro de un mismo colectivo.

Cuando obedecen a este fin, tanto la cooperación como la competitividad son elementos positivos pues, junto a la inteligencia, son los mecanismos que permiten al ser humano pasar de una situación de escasez de bienes y cosas preciosas a otra de abundancia.

Así pues, la riqueza material es una consecuencia de la riqueza inmaterial (inteligencia), con lo que la relevancia de esta última es mucho mayor que la primera; es el capital humano y no el capital material la principal fuente de riqueza del ser humano. No obstante, suele entenderse a la inversa. Esto probablemente sea debido a una herencia de las corrientes de pensamiento feudal, capitalista y comunista, en virtud de los cuales la sociedad se encuentra dividida en dos grandes bloques: poseedores de bienes materiales (latifundios y medios de producción) y desposeídos, y todavía aún hoy siguen prevaleciendo en gran medida pese a ser una concepción equívoca de la fuente de riqueza primordial.

Esto supone un freno en la optimización del desarrollo de la civilización humana, pues conlleva que se apliquen políticas desde una visión fragmentada de la sociedad determinada por la pugna del capital material y no desde una perspectiva global unitaria que favorezca el desarrollo grupal de todo el capital humano.

Y con ello se establece una de las primeras grandes diferencias entre el PDG y estas corrientes de pensamiento, ya que el PDG entiende el progreso como el desarrollo de toda la sociedad en su conjunto, partiendo de la base de que el capital mayor que posee el ser humano es el inmaterial (inteligencia), y que la cooperación y competitividad, junto a la especialización de tareas, son los mecanismos que lo favorecen.

Las políticas a aplicarse pues, desde la perspectiva del PDG, serían aquellas que estén enfocadas al desarrollo global, dando por anacrónicas, perjudiciales y erróneas aquellas que fraccionan, dividen, perjudican o desequilibran la concepción unitaria de la misma.

PUNTOS CLAVE:

• El único medio para generar riqueza material es una cualidad inmaterial: la inteligencia. Es el capital humano y no el capital material la principal fuente de riqueza del hombre.
• La cooperación y competitividad permiten que los grupos crezcan en dimensiones, lo que repercute positivamente en la especialización y capacidad para alcanzar mayores cotas de abundancia.
• El PDG entiende el progreso como el desarrollo de toda la sociedad en su conjunto.
• Las políticas a aplicarse, desde la perspectiva del PDG, serían aquellas que estén enfocadas al desarrollo global, dando por anacrónicas, perjudiciales y erróneas aquellas que fraccionan, dividen, perjudican o desequilibran la concepción unitaria de la misma.

PDG (Capítulo 2: El reverso negativo de la competitividad)

Si bien en el capítulo anterior se hacía mención a la competitividad como un elemento positivo, lo cierto es que tiene dos caras, como una moneda. Si está en equilibrio con la cooperación, contribuye al desarrollo, pero si este equilibrio se rompe, lo frena. Cuando esto ocurre, se pasa de una situación de prosperidad a otra de crisis, y esto es precisamente lo que está sucediendo a comienzos del siglo XXI, con el añadido de que este siglo supone un cambio de paradigma en el progreso de la humanidad; existen graves problemas globales en prácticamente todos los ámbitos que los estados y naciones, por sí mismos, no pueden solucionar porque para ello es necesaria también una regulación global, lo que da lugar a una situación extremadamente compleja y sin precedentes.

La competitividad ha causado en el ámbito económico la deslocalización, es decir, el traslado de la producción industrial de una región o país a otros que ofrezcan menores costes empresariales, generando con ello desempleo en las zonas de origen y empleo precario en las de destino. Esto permite a las empresas ser más competitivas, pues al abaratar los costes pueden disminuir el precio final del producto, pero pone en una difícil situación a los países: para generar empleo deben pactar con los grupos empresariales y competir con las condiciones que ofrecen las demás naciones para llegar a acuerdos, lo que supone en la mayoría de los casos legislar en contra de los derechos de los trabajadores y a favor del desarrollo empresarial, además de adaptar los regímenes tributarios nacionales en confrontación a los de los paraísos fiscales.

En el ámbito social, estrechamente vinculado con lo anterior, la competitividad ha provocado un agrandamiento de la desigualdad económica, lo cual desestabiliza y perjudica el desarrollo equitativo de la sociedad y menoscaba la igualdad de oportunidades, dificultando con ello la capacidad de los más desfavorecidos para generar riqueza.

En el ecológico, ha dado lugar también a inquietantes problemas a nivel global: cambio climático, efecto invernadero, debilitamiento de la capa de ozono, deforestación, extinción de flora y fauna... que amenazan seriamente nuestra supervivencia. Pese a los intentos de establecer acuerdos internacionales, lo cierto es que continúan agravándose básicamente porque en la actualidad depende de la voluntad individual de cada país el tomar o no medidas, y si implementarlas supone frenar el ritmo de progreso industrial y, en consecuencia, situarse en condiciones de inferioridad de desarrollo frente al resto, difícilmente se realizarán con la eficacia requerida.

En el militar y armamentístico, la Segunda Guerra Mundial y la posterior Guerra Fría, ya anticiparon el riesgo que supondría un conflicto bélico de grandes proporciones. La resolución de conflictos entre naciones desarrolladas por vía militar directa, hoy día resulta inviable porque podría suponer la destrucción del planeta si se usaran armas atómicas, y un gran peligro para la supervivencia en el caso de biológicas. No obstante, esta vía sigue empleándose primordialmente frente a países que no disponen de arsenales de armas de destrucción masiva, lo que los sitúa en un estado de indefensión y, por ello, pugnan por desarrollar también estas tecnologías, lo que origina alarmantes tensiones internacionales y aumenta las posibilidades de un trágico final para la humanidad.

Cuestiones de tal gravedad y magnitud, no es factible resolverlas mediante gobiernos nacionales, cuyos intereses son partidistas, sus políticas dispares, sus capacidades de influencia limitadas, y sus acuerdos internacionales susceptibles de ser modificados unilateralmente en cualquier momento; se requiere pues una política global unificada para establecer un marco común que las regule y, de ese modo, se pueda equilibrar la cooperación con la competitividad. Mientras esto no ocurra, seguirán incrementándose sin control, sin poder frenarlas de manera eficaz ni mucho menos solventarlas, amenazando con ello no solo nuestra capacidad de generar riqueza, sino también nuestra propia pervivencia.

Al mismo tiempo, las filosofías políticas que rigen nuestras sociedades en la actualidad, provienen de épocas en las que los escenarios para los que fueron concebidas eran regionales y no globales, por lo que, como es lógico, no contemplaron mecanismos efectivos para afrontar estas situaciones. Con esta perspectiva en el horizonte, es preciso el surgimiento de nuevas concepciones políticas, que den soluciones y alternativas a los retos del presente para cambiar la visión de un futuro sombrío por uno esperanzador, y que además puedan desarrollarlas en un margen de tiempo muy limitado, dado que las estimaciones científicas en torno al deterioro del planeta y su habitabilidad son, en la mayoría de los casos, de extrema urgencia.

PUNTOS CLAVE:

• La competitividad ha causado en el ámbito económico la deslocalización, lo que supone en la mayoría de los casos legislar en contra de los derechos de los trabajadores y a favor del desarrollo empresarial, además de adaptar los regímenes tributarios nacionales en confrontación a los de los paraísos fiscales.
• En el ámbito social, ha provocado un agrandamiento de la desigualdad económica, dificultando con ello la capacidad de los más desfavorecidos para generar riqueza.
• En el ecológico, ha dado lugar también a inquietantes problemas a nivel global: cambio climático, efecto invernadero, debilitamiento de la capa de ozono, deforestación, extinción de flora y fauna... que amenazan seriamente nuestra supervivencia.
• En el militar y armamentístico, origina alarmantes tensiones internacionales y aumenta las posibilidades de un trágico final para la humanidad.
• Cuestiones de tal gravedad y magnitud, no es factible resolverlas mediante políticas nacionales; se requiere pues una política global unificada para establecer un marco común que las regule.
• Las filosofías políticas que rigen nuestras sociedades en la actualidad, provienen de épocas en las que los escenarios para los que fueron concebidas eran regionales y no globales, por lo que, como es lógico, no contemplaron mecanismos efectivos para afrontar estas situaciones. Con esta perspectiva en el horizonte, es preciso el surgimiento de nuevas concepciones políticas.